Depresión en personas mayores y cuidadores profesionales: estrategias de prevención

Las altas cifras de depresión en el sector de los cuidados son una señal de alarma que exige transformar nuestra mirada y nuestra cultura organizativa.

Imagina despertar cada día sintiendo que la rutina no solo agota tu cuerpo, sino que apaga tu motivación y tu propósito. En el sector de los cuidados, esta realidad es un huésped silencioso que habita tanto en las personas mayores como en los profesionales.

La depresión en personas mayores

Según la Encuesta de Salud de España (ESdE) de 2023, la prevalencia de cuadros de depresión severa en personas mayores de entre 65 y 74 años se sitúa en torno al 6,82%, una cifra que casi se duplica (11,34%) en el rango de 75-84 años y que se triplica (21,18%) a partir de los 85 años.

Si ponemos el foco en los centros residenciales, la situación es aún más compleja. Diversos estudios avalados por la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) indican que la prevalencia de síntomas depresivos en personas institucionalizadas puede oscilar entre el 30% y el 75%.

Esta diferencia abismal con respecto a quienes viven en su domicilio no es casual: el aislamiento social y la soledad no deseada; la pérdida de autonomía y roles significativos; y la comorbilidad médica son los principales catalizadores.

Cuando una persona ingresa en una residencia suele enfrentarse a una cadena de pérdidas: su hogar, su intimidad, su autonomía y, a veces, su identidad. Sin embargo, los síntomas de depresión a menudo se confunden con el propio proceso de envejecimiento o el deterioro cognitivo. Si el modelo de atención es puramente asistencialista, el riesgo de «claudicación emocional» aumenta exponencialmente.

La depresión en los equipos profesionales

Los profesionales del sector de los cuidados (gerocultores, enfermería, terapias, trabajo social, psicología…) operan en un entorno de alta carga emocional, enfrentándose diariamente a lo que se conoce como fatiga por compasión.

Además, los riesgos psicosociales en el sector sociosanitario son de los más elevados. La exposición continua a agresiones verbales y físicas, al sufrimiento, la muerte, la alta carga de trabajo y la falta de reconocimiento social y económico generan un desgaste muy alto en los profesionales.

El síndrome de burnout es la antesala de procesos depresivos profundos, la principal causa de absentismo laboral en el sector y el resultado de una organización que no cuida a sus equipos.

Un profesional deprimido o agotado no puede desplegar la presencia, la paciencia y la empatía necesarias para una Atención Centrada en la Persona. La despersonalización en el trato es, a menudo, un mecanismo de defensa inconsciente ante el dolor insoportable.

Por tanto, cuidar al cuidador no es un regalo o premio, es una necesidad estratégica fundamental para reducir los costes derivados del absentimo y garantizar la calidad del servicio.

Estrategias de prevención en residencias y centros de día

Para prevenir y abordar la depresión de manera efectiva en tu centro o servicio, te proponemos cinco líneas de acción que puedes empezar a implementar.

1. Detección proactiva

La depresión en personas mayores no siempre se manifiesta con tristeza o llanto. Es lo que denominamos una «depresión enmascarada». Debemos formar a los equipos de atención directa, que están en contacto constante con las personas, para que detecten cambios sutiles en el comportamiento.

Se trata de prestar atención a aspectos como una irritabilidad injustificada, una actitud defensiva que antes no existía, una falta de apetito progresiva que no responde a causas fisiológicas, la pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba, trastornos del sueño persistentes o la aparición de quejas somáticas vagas.

Utilizar escalas validadas, como la Escala de Depresión Geriátrica de Yesavage, es útil para un cribado inicial, pero su eficacia es limitada si se utiliza de forma aislada. Debe complementarse con la observación diaria y la escucha activa.

2. Diseño de ambientes terapéuticos y hogareños

El entorno físico influye directamente en el estado de ánimo de las personas. El uso de luz artificial excesiva, los espacios ruidosos, los pasillos infinitos o una estética hospitalaria fría, fomentan la desorientación, la fatiga cognitiva y el abatimiento emocional.

La neuroarquitectura nos enseña que crear unidades de convivencia más pequeñas, que imitan la vida y el funcionamiento de un hogar, genera un entorno predecible, seguro y manejable para la persona.

Potenciar la entrada de luz natural, cuidar la acústica para evitar la sobreestimulación o utilizar colores y materiales cálidos ayuda a reducir la ansiedad, las conductas de agitación y la sensación de «institucionalización».

Además, permitir que las personas traigan objetos personales significativos con carga biográfica, ayuda a mantener y reforzar la identidad de la persona, facilita la orientación espacial y favorece un estado de ánimo positivo.

3. Fomento de la autonomía y sensación de control

La depresión se alimenta de la indefensión aprendida, que surge cuando sentimos que nuestras acciones no tienen impacto en los resultados. Este fenómeno afecta por igual a quienes reciben apoyos como a quienes los brindan.

En las personas mayores, cuando decidimos todo por ellas (a qué hora se levantan, qué ropa se ponen, con quiénes se sientan a comer), les robamos su autonomía. El antídoto es el empoderamiento cotidiano.

Permitir que tomen pequeñas decisiones y que participen en las tareas del centro (poner la mesa, cuidar de un huerto, acoger a nuevos residentes) activa circuitos de recompensa cerebrales esenciales para combatir la depresión.

En los profesionales, si sienten que solo ejecutan tareas, sin voz ni voto en el plan de apoyos, terminan por desconectar emocionalmente. Las organizaciones que tienen en cuenta la opinión del equipo de atención directa en las reuniones interdisciplinares y que les otorgan autonomía para adaptar el cuidado a la biografía de la persona, logran equipos con propósito y que se sienten mucho más realizados.

4. Formación y apoyo psicológico a los equipos

Es vital implementar programas de apoyo emocional para los equipos. Se necesitan espacios de debriefing liderados preferiblemente por psicólogos o facilitadores externos, donde puedan expresar sus miedos, sus frustraciones y, especialmente, procesar sus duelos tras el fallecimiento de personas con las que habían forjado un vínculo estrecho.

Estos espacios y encuentros deben ser zonas seguras de absoluta confianza en donde los profesionales puedan mostrarse vulnerables sin miedo a ser juzgados ni cuestionados.

Complementariamente, la formación en inteligencia emocional y resiliencia debe ser un pilar estratégico del plan de formación anual de la organización, y no una simple acción o charla aislada.

Dotar al equipo de estrategias y herramientas prácticas para gestionar sus emociones no solo impide la aparición de patologías mentales graves, sino que fortalece la cohesión del grupo, reduce el absentismo y asegura que el profesional esté en condiciones de ofrecer un acompañamiento óptimo.

5. Apertura y conexión con la comunidad

La puerta de una residencia o centro de día no debe ser una barrera física ni psicológica que aisla a las personas. La apertura de los centros a la comunidad es el mejor antídoto contra el aislamiento social, la soledad no deseada y la depresión.

Fomentar paseos comunitarios que incluyan visitas al mercado o las plazas del barrio; salidas culturales a museos, teatros o bibliotecas; y proyectos intergeneracionales como programas de lectura o intercambio de saberes, no son simples actividades de ocio, son puentes emocionales que combaten la sensación de invisibilidad social que suele alimentar los cuadros depresivos.

Facilitar el mantenimiento de las relaciones familiares de calidad es también fundamental. Esto implica superar el concepto rígido de «horario de visitas» para invitar a los seres queridos a formar parte del cuidado y de la vida cotidiana del centro.

El centro debe ser un nodo más de la comunidad, no una isla. Un espacio vivo donde se celebren eventos abiertos al barrio y donde la persona pueda seguir ejerciendo su ciudadanía de pleno derecho, manteniendo su voz activa y capacidad de participación en el entorno que la rodea.

Hacia una Cultura del Buen Cuidado

¿Estamos realmente preparados para identificar y abordar la depresión detrás de una tristeza aparente, un mal humor o un absentismo recurrente? La lucha contra la depresión en el sector de los cuidados empieza por poner a las personas en el centro de la gestión.

La Cultura del Buen Cuidado implica reconocer la vulnerabilidad de todos los actores del sistema. Si una organización ignora la tristeza de sus residentes o el agotamiento de su plantilla, está condenada a la rotación de personal y a la insatisfacción de los usuarios.

La verdadera innovación en nuestro sector no es solo tecnológica; es emocional. Implementar un modelo de ACP real requiere valentía institucional para cambiar horarios, flexibilizar normas y, sobre todo, para apoyar proyectos de vida con sentido.

No se trata solo de que la persona esté limpia y alimentada, sino de que sienta que su vida sigue teniendo un sentido y un propósito. El plan de atención y vida y la historia de vida son herramientas clave para lograrlo. Conocer qué le hacía sonreír a esa persona hace veinte años es la clave para motivarla hoy y devolverle el control sobre su propia existencia.

La depresión es una sombra que se disipa cuando hay luz, y en nuestro sector, la luz es la conexión humana genuina. Escuchar, validar, acompañar y respetar.

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