El duelo en los cuidados: cómo acompañar a personas mayores, familias y profesionales

Acompañar el final de la vida y el vacío que deja tras de sí es el mayor reto emocional y profesional en el sector de los cuidados.

Tras el fallecimiento de una persona en una residencia, centro de día o servicio de atención domiciliaria, se genera un vacío. En la familia, en los compañeros y también en el equipo de profesionales. Desaparecen vínculos e historias compartidas y surge un dolor que, a menudo, no sabemos gestionar.

En los cuidados de larga duración, sabemos que la muerte es una compañera de viaje constante. Sin embargo, sigue siendo un tema tabú en muchas organizaciones que, con frecuencia, se aborda como un trámite administrativo que «hay que superar rápido» para volver a la rutina.

Pero el fallecimiento de la persona no supone el fin de nuestra labor de cuidado. Al contrario, es un momento crítico donde la Atención Centrada en la Persona (ACP) se pone a prueba y donde debe brillar con más fuerza que nunca.

En este artículo vamos a profundizar en el proceso de duelo y a conocer estrategias para abordarlo y acompañarlo desde una Cultura del Buen Cuidado.

¿Qué entendemos por duelo?

El duelo es la respuesta humana, natural y necesaria ante la pérdida de un vínculo significativo. No es una enfermedad ni un trastorno. Además, es un proceso multidimensional que impacta en la esfera física, emocional, cognitiva y social de quien lo transita.

En nuestro sector, el duelo presenta una característica propia: es una realidad que nos acompaña de forma permanente. No solo surge tras el fallecimiento, sino que aparece antes, con la pérdida de autonomía, con el ingreso en un centro o con la pérdida de capacidades cognitivas.

Entender el duelo como un proceso de adaptación activo te permite pasar de ser un «observador pasivo» a convertirte en un apoyo para que la persona transite las diferentes fases de forma saludable.

Tipos de duelo más comunes en el sector de los cuidados

En duelo no se presenta de una sola forma. Como profesional, debes ser capaz de detectar qué tipo de proceso está atravesando la persona para ofrecerle el apoyo adecuado:

  • Duelo normal: sigue un curso esperado, donde la persona siente una tristeza inicial pero, de forma progresiva, acepta la pérdida y reorganiza su vida.
  • Duelo anticipado: se inicia antes de la pérdida, cuando la persona es diagnosticada con una enfermedad neurodegenerativa o terminal. Genera un agotamiento emocional extremo y cuando se produce la pérdida se puede llegar a sentir alivio o paz.
  • Duelo desautorizado: el entorno (la familia o la organización) no reconoce el derecho al duelo. Es muy habitual en profesionales de atención directa, de los cuales se espera que sigan trabajando como si nada hubiera pasado. Negar el vínculo afectivo es la vía más rápida hacia la deshumanización y burnout, por eso tiene un alto impacto en la salud mental de los equipos.
  • Duelo persistente: el dolor se cronifica y surgen sentimientos de negación persistente, culpa intensa y retraimiento extremo. La persona mantiene todo tal y como estaba antes de fallecer la persona y es incapaz de reorganizar su vida. Es necesario derivar estos casos a un especialista para su intervención.
  • Duelo ambiguo: la persona está físicamente presente pero su identidad, carácter y recuerdos se han desvanecido. Las personas que la acompañan no saben si despedirse o no porque el final no está claro todavía y sienten que la están traicionando. Es muy común en procesos de demencia avanzada y conlleva una alta carga emocional y desgaste.
  • Duelo acumulativo: se produce tras múltiples pérdidas sucesivas sin tiempo suficiente para procesar cada una. Es común en profesionales sociosanitarios que acompañan a personas en el final de la vida o en contextos de crisis sanitaria.

Las fases del duelo, de Elisabeth Kübler-Ross

El duelo es un proceso único y personal, por lo que no todas las personas transitan por las mismas fases o en el mismo orden. Aún así, la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross definió los siguientes hitos o estados:

  1. Negación: es un mecanismo de defensa inicial a través del cual la persona actúa como si nada hubiera pasado o niega la gravedad de la situación. Es una forma de «ganar tiempo» para afrontar la realidad.
  2. Ira: el dolor se proyecta hacia fuera, se buscan culpables y pueden aparecer quejas injustificadas hacia el centro o hacia los médicos. Es vital no tomarte esta ira como algo personal, sino como una expresión del sufrimiento. La frustración y la negatividad influyen en las relaciones con los demás.
  3. Negociación: se intentan encontrar alternativas hipotéticas para dar sentido a lo ocurrido. «Si hubiera hecho esto», «si no hubiera ocurrido aquello»… Es una fase cargada de fantasías de control para mitigar la culpa.
  4. Depresión: no tiene por que ser una depresión clínica, sino una respuesta lógica a la pérdida. La persona experimenta tristeza, vacío y desmotivación. Se retira, está más silenciosa y empieza a tomar conciencia plena de la pérdida.
  5. Aceptación: la persona acepta la pérdida y comienza a adaptarse a una vida sin la persona fallecida. No significa que el dolor haya desaparecido, sino que se ha aprendido a vivir con él. La persona puede recordar a la fallecida con cariño sin que el dolor la bloquee.

Las 4 tareas del duelo, de William Worden

El psicólogo William Worden propone un modelo basado en tareas activas que la persona debe realizar para integrar la pérdida. Este enfoque es especialmente útil en los cuidados de larga duración, ya que nos permite entender que el duelo requiere un esfuerzo de adaptación activo por parte de quien sufre la pérdida. Las tareas no son lineales, pueden solaparse y revisitarse a lo largo del tiempo.

  1. Aceptar la realidad de la pérdida: consiste en asimilar que la persona ha fallecido y que no va a volver. Implica integrar poco a poco la idea de que la persona ya no estará en nuestras vidas y comprender que la pérdida es definitiva.
  2. Trabajar las emociones y el dolor: se trata de sentir y expresar las diferentes emociones que ha generado la pérdida. Esta tarea implica no evitar el dolor, sino procesar el miedo, la rabia, la culpa o la tristeza que surgen de forma natural.
  3. Adaptarse a un nuevo mundo sin la persona fallecida: la persona debe aprender a vivir y a funcionar sin el ser querido. Una hija tiene que aprender a vivir sin su madre, un compañero de habitación tiene que despertarse y no ver a su amigo, o una profesional adaptarse a realizar una rutina sin esa persona.
  4. Reubicar emocionalmente a la persona fallecida y seguir viviendo: no se trata de olvidar, sino de mantener un vínculo emocional interno saludable, de forma que permita a la persona superar el bloqueo y seguir adelante con su vida.

El duelo en la persona que nos deja: acompañar el final de la vida

Cuando hablamos de duelo en el sector de los cuidados, solemos poner el foco en quienes se quedan. Sin embargo, la persona que va a fallecer transita su propio duelo. Ayudarla a gestionar este proceso es la máxima expresión de la Cultura del Buen Cuidado.

Para acompañar a la persona en esta etapa tan delicada, te recomendamos:

  • Respetar la autonomía y las voluntades: asegúrate de que la persona mantiene el control sobre sus decisiones hasta el último momento. Revisa si existen Instrucciones Previas o Voluntades Anticipadas y asegúrate de que se cumplen. Si la persona aún puede comunicar sus deseos (sobre el alivio del dolor, quién quiere que esté presente o rituales religiosos), escúchala y actúa en consecuencia.
  • Validar sus miedos y emociones: es habitual que aparezca miedo al dolor, la soledad o a la incertidumbre. No utilices frases paternalistas como «no diga eso» o «se va a poner bien». Escucha activamente y valida sus emociones: «Es normal que sientas miedo. Estamos aquí para que no sufras y para acompañarte en todo momento». Descubre cómo aplicar el Método de Validación.
  • Crear un entorno de confort: adapta el espacio físico eliminando ruidos innecesarios, regulando la luz y permitiendo que la persona esté rodeada de objetos significativos o de su música favorita. El confort sensorial es una herramienta terapéutica clave en el final de la vida.
  • Fomentar el cierre y el legado: ayuda a la persona a sentir que su vida ha tenido sentido, facilita el cierre de asuntos pendientes con sus seres queridos o la elaboración de mensajes de despedida y recoge sus últimas voluntades. La Historia de Vida cobra una relevancia vital: recordar sus logros y su identidad ayuda a una partida con mayor paz y dignidad.

El duelo en la familia: cómo acompañarla en los momentos más difíciles

La pérdida de un ser querido es inevitablemente una experiencia dolorosa para la familia. Implica la pérdida de un vínculo significativo, de una red de apoyo, cambios de roles y aprender a gestionar el vacío que deja el cese de las rutinas de cuidado.

Además, también suele marcar el fin de la relación con la organización. Durante tiempo, los familiares han generado vínculos con los profesionales, otras familias y personas mayores del centro que, de repente, desaparecen. Por todo esto te recomendamos:

  • Mantener una comunicación abierta: mantén informada a la familia antes, durante y después del fallecimiento. Explica con calma, de forma clara y sin tecnicismos, tanto la evolución clínica como los pasos administrativos a seguir. La transparencia es un pilar fundamental para generar confianza en momentos de máxima vulnerabilidad.
  • Ofrecer espacios y oportunidades de acompañamiento: permite que la familia esté presente en los últimos momentos sin restricciones horarias. Facilita la despedida y ofrece intimidad, confort físico y apoyo emocional para que los últimos instantes sean de conexión profunda.
  • Fomentar la narrativa del legado: durante las últimas horas, recuerda con la familia momentos significativos. «Nos encantaba cómo sonreía cuando escuchaba esa canción». Esto ayuda a la familia a sentir que su ser querido fue alguien importante en el centro, no un número de habitación.
  • Preparar la entrega de pertenencias: ofrece a la familia custodiar las pertenencias y entregarlas más tarde en un espacio privado y tranquilo con el profesional de referencia. No las entregues en el pasillo en bolsas de plástico o cajas de cartón sin identificar, ni la ropa sin lavar o doblar. Este acto es una agresión simbólica hacia la familia.
  • Seguimiento post-fallecimiento: realiza una llamada un mes después de la pérdida para preguntar cómo están y un año después invita a las familias de las personas fallecidas a un acto conmemorativo. Esto ayuda a romper el sentimiento de abandono que muchas familias experimentan tras salir del sistema de cuidados, a cerrar ciclos y agradecer la confianza depositada en el centro.

El duelo en los compañeros de convivencia: romper la ley del silencio

Durante décadas, imperó en España la costumbre de «sacar el cuerpo por la puerta de atrás» para no asustar a los demás. Las personas desaparecían del centro o servicio sin más información.

Esta práctica es edadista y paternalista, pues las personas que viven o acuden al centro son adultos con plenos derechos y ocultar la muerte es faltarles al respeto y generarles una profunda inseguridad.

Si una habitación o una silla en el comedor quedan vacías, el resto de personas lo nota. La falta de información genera miedo y ansiedad, pues las personas interpretan que, cuando ellos falten, serán tratados con la misma invisibilidad.

  • Informar desde el respeto a la intimidad: informa a los compañeros más cercanos sobre el fallecimiento o la gravedad del estado de salud de la persona para que tengan oportunidad de despedirse. Este acto de humanidad debe realizarse siempre con la autorización previa de la propia persona o de su familia, respetando siempre su derecho a la intimidad.
  • Facilitar la despedida: si una persona que vive en el centro desea acudir al tanatorio o al funeral de un compañero, debemos facilitarlo como parte de su proceso de duelo. La edad no anula el derecho a despedirse de los amigos, pero debe realizarse respetando siempre la intimidad de la familia y contando con su consentimiento previo.
  • Actos de recuerdo: organiza pequeños eventos donde los compañeros puedan compartir historias o sentimientos sobre la persona fallecida. Colocar una fotografía en un espacio común durante unos días para informar de la partida, permitir dejar mensajes de despedida o una lectura en grupo ayuda a procesar la pérdida dentro de la unidad de convivencia. El duelo compartido fortalece la comunidad y humaniza el entorno.
  • Seguimiento en los compañeros: sigue el proceso de duelo en los compañeros de más cercanos en las semanas posteriores. La pérdida de un amigo puede derivar en aislamiento, apatía o empeoramiento de la salud física si no se acompaña adecuadamente..

El duelo en el equipo: cuidar la salud de quienes cuidan

El cuidado es una labor que genera vínculos estrechos y la pérdida de esos vínculos duele. El duelo profesional requiere una gestión organizacional activa por parte de las direcciones de los centros. Un equipo que no procesa sus pérdidas es un equipo que acaba «acorazándose» emocionalmente, lo que impide una atención empática y de calidad.

Para realizar un seguimiento efectivo en profesionales, es necesario implementar:

  • Liderazgo compasivo: la dirección del centro debe reconocer explícitamente que el personal tiene derecho a sentir tristeza y al duelo. El cariño no es un error profesional, es un componente de calidad. Validar el vínculo afectivo reduce el sentimiento de «duelo prohibido».
  • Permitir la despedida: permite que los profesionales que lo deseen puedan tener un momento a solas con la persona fallecida para despedirse, que puedan acompañar el féretro hasta la salida principal o que participen en rituales comunitarios del centro. Estos son actos de respeto profundo, honor y memoria, que dignifican tanto a la persona que parte como al profesional que se queda y que permiten cerrar ciclos.
  • Sesiones de debriefing emocional: encuentros breves, guiados por un psicólogo o líder de equipo, como respuesta inmediata ante una pérdida especialmente difícil. No se trata de analizar qué falló técnicamente, sino de compartir cómo nos sentimos en ese momento exacto. Estas sesiones deben ser voluntarias y realizarse en un clima de absoluta confidencialidad.
  • Supervisión de casos y apoyo psicológico: crea espacios regulares de reflexión sobre la práctica profesional, sin esperar a que ocurra una pérdida, para detectar de forma precoz síntomas de fatiga por compasión en el personal de atención directa. Es una herramienta de cuidado del equipo y retención de talento.
  • Formación en gestión emocional y resiliencia: prepara a tu equipo para afrontar el final de la vida y todas las emociones asociadas a él. Un equipo resiliente es capaz de acompañar con intensidad y cariño sin que ello suponga un deterioro de su propia salud mental. Descubre cómo con nuestro Curso de Gestión Emocional para Profesionales del Cuidado.

En definitiva, integrar el duelo en la vida cotidiana de un centro de cuidados no lo convierte en un lugar triste, lo convierte en un lugar honesto. Cuando permites que la pérdida se exprese, estás enviando un mensaje de seguridad a personas mayores, familias y profesionales: en este centro, la vida tiene valor hasta el último suspiro, y las ausencias importan.

Transformar la gestión del duelo en tu organización es el paso definitivo hacia una verdadera Cultura del Buen Cuidado. No permitas que el miedo o la rutina te impidan acompañar con la dignidad que cada persona merece.

¿Quieres mejorar tu acompañamiento en el final de la vida?
Descubre cómo ofrecer un buen cuidado en los momentos finales y cómo gestionar el duelo con nuestro curso Cuidados Fin de Vida.

© 2026 Activiza